Viaje a la Palestina de los prejuicios cristianos

Por María Elisa Ceccacci

—¿De qué parte de España eres? —me preguntó.

—De Valencia —contesté.

—¡Ah! ¡Valencia! ¡Fútbol! ¡Mestalla!

Y sin más empezó a hablarme del Valencia CF y de muchos de sus jugadores a los que yo fingí conocer a la perfección. Estaba tan entusiasmado con la charla que durante un buen rato no nos hizo falta que alguien tradujese nuestra conversación. Tratando de involucrarme más, empecé en plan “old school” a mencionar a Cañizares, David Villa… futbolistas que por supuesto mi amigo conocía perfectamente. También le enseñé que para animar debía decir ¡amunt! Él siguió hablando de deporte y yo agradecí que cambiáramos al tenis, porque de Rafa Nadal controlo un poco más.

Os estoy contando uno de los días más especiales que viví durante el tiempo que pasé en Palestina. Este día en concreto, visitamos una cooperativa en Beit Liqya, ubicada al suroeste de Ramallah, en Cisjordania. Esta visita era parte del proyecto de la ONG con la que estuve colaborando mientras estuve allí. Al acabar la reunión, se decidió que no podíamos irnos de allí sin invitarnos a comer a la casa de una de las familias del lugar. No les costó mucho convencernos, la verdad. Fuimos a un precioso hogar, donde nos atendieron de maravilla y nos prepararon una mesa llena de comida deliciosa. Una mesa en la que todos compartíamos con todos. Yo, en mi árabe fluido, solo acertaba a decir shukraan (gracias), a la vez que en mi mente también le daba las “shukraan” a Dios por permitirme estar ahí en ese momento. Estaban siendo días complicados para mí y este tiempo fue un refrigerio.

Era maravilloso ver con qué poco nos entendíamos, porque el lenguaje del cariño y la amabilidad es universal, así nos hizo Dios. Y cuando era necesario el lenguaje verbal, una compañera de Jericó (¡sí, sí, el Jericó de la Biblia!) nos traducía sin problema. Yo, que normalmente hablo sin parar, me dediqué a observar y escuchar.

Observar y escuchar. Y con mi innata curiosidad, preguntarlo todo. Al verme inmersa en otra cultura aparentemente tan distinta, me di cuenta, aunque ya lo sospechaba, de que no somos tan diferentes en realidad. Y también de que estamos llenos de prejuicios. Desde nuestro cómodo distanciamiento, nos atrevemos a opinar sobre un conflicto que no conocemos, poniendo las ideologías teológicas y políticas antes que a las personas. ¿Por qué tengo la sensación de que los cristianos, que se supone que vivimos bajo la gracia, somos especialmente prejuiciosos? Sobre todo, en referencia a la cultura árabe y a la musulmana (porque no todo árabe es musulmán, y viceversa, valga la aclaración) y más concretamente en referencia al conflicto de Israel y Palestina. Respecto a este tema solo quiero decir una de mis frases favoritas: sólo sé que no sé nada. Y este viaje me lo demostró.

No os voy a mentir, como persona criada a punta de Biblia, poder conocer el desierto de Judea, ver el Mar Muerto y de lejos Jordania, conocer Jerusalén, Haifa, Ramallah, ver carteles en la carretera de Samaria, Judea, Belén, Cesarea, Jericó… fue emocionante. Pero os aseguro que esto no fue lo mejor de mi viaje. Lo mejor de mi viaje fueron las personas. Hablar con mi compañera de piso palestina, conocer a algunos de sus amigos, hablar con ellos de política o de música. Conocer y hablar con cooperantes que aman su trabajo y lo hacen arduamente para conseguir que se respeten los derechos humanos. Pasar por el checkpoint (punto de control) de Kalandia y ver parte del caos alrededor de la salida de Ramallah. Ver a mujeres con y sin el hiyab; hombres y mujeres rubios de ojos azules, pero también otros muy morenos con rasgos árabes y latinos. Las conversaciones con los taxistas. Observar a judíos, cristianos, musulmanes, ateos, personas más tradicionales y personas más modernas en Jerusalén.

Sí amigos, esto fue lo mejor. ¿Por qué? Porque es importante entender que, para poder amar al prójimo, tenemos que trabajar contra las ideas preconcebidas de nuestra mente. Porque detrás de nuestras opiniones teológicas y/o políticas sobre inmigración y refugio, hay PERSONAS. Porque detrás de la crisis sanitaria mundial por la que estamos pasando, ¿quién hay? PERSONAS. Con errores, defectos, cualidades, talentos, historias.  PERSONAS que ríen, que sufren, que viven, que mueren, que son diferentes y a la vez muy parecidas a nosotros. Que comen, que escuchan música, que opinan de política, que quieren que su país salga de una crisis, que desean la paz, que se equivocan, que madrugan, que tienen hijos e hijas, que pagan alquiler, que no tienen trabajo, que bailan, hacen ejercicio, disfrutan del sol y de la lluvia. ¿Eres tú alguna de estas personas?

SOMOS TODOS IGUALES ¡QUE NO SE NOS OLVIDE!

De un solo hombre hizo todas las naciones para que habitaran toda la tierra; y determinó los períodos de su historia y las fronteras de sus territorios.

Hechos 17:26

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