La isla de Peter Pan

Por Pau Abad

Estoy seguro de que si Philippe pudiese elegir, elegiría no crecer, haberse quedado niño. En Haití, soñar con dónde quieres ir y qué quieres ser cuando seas mayor es lanzar palabras al viento. Es un país especialista en devorar sueños y aspiraciones. Si Peter Pan tuviese que hacer una búsqueda masiva de niños que no quieren hacerse mayores, empezaría por Haití o, ya puestos, Haití pasaría a ser la isla de Nunca Jamás.

Pero Peter Pan no se ha dejado ver todavía y Philippe ha crecido. En su persona se entremezclan el hombre serio y responsable hacia el que se encamina y el adolescente bromista e inocente que era hace cuatro años cuando le conocí. Espero que no suene a favoritismo, pero he conocido pocos chicos tan ejemplares como Philippe en el hogar infantil de GAIN: sensible con los más pequeños, ingenioso, con buena actitud siempre, buen estudiante, discreto, bondadoso, sonriente… Y para colmo, ¡me sigue las bromas y las burlas como nadie!

Ahora Philippe tiene 18 años y acaba de empezar una etapa de su vida que seguro desearía haber postergado todo lo posible: dejar el orfanato y volver a casa con su familia. Sí, has leído bien, su familia. Una de las primeras sorpresas que uno se puede encontrar al llegar al hogar infantil de GAIN en la aldea de ÇaIra es descubrir que los niños de los orfanatos en Haití no son huérfanos, salvo excepciones. Son niños con familias que, bien por incapacidad física, situación económica u otras razones no pueden hacerse cargo de todos sus hijos.

Pero hay un momento en el que la mayoría de niños deben volver, aunque seguirán recibiendo el apoyo de GAIN y del hogar infantil. Y ese día ha llegado. Hace dos días Philippe y yo compartíamos furgoneta camino a Puerto Príncipe. Su cabeza no dejaba de dar vueltas. Hoy, mientras escribo estas líneas desde el avión que me devuelve a España, Philippe pasa su segundo día junto a su madre enferma y sus hermanos, seguramente deseando volver a la que ha sido en realidad su casa y su familia en los últimos casi diez años. No me quito de la cabeza la imagen suya llorando desconsoladamente antes de su fiesta de despedida.

Algunos niños tienen la suerte de que sus familias viven en ÇaIra o cerca del hogar, así que pueden acercarse siempre que quieran. Philippe no. Su nueva vida está en Ona-ville, un complejo de hogares en mitad de una zona desértica construidos supuestamente para familias afectadas por el terremoto de 2010. Y digo supuestamente porque en realidad, según Philippe, esos hogares los ocupan ahora agentes de la policía y sus familias, y las familias que realmente necesitan esas casas se hacinan en las inmediaciones a saber cómo. Así funciona Haití a veces (demasiadas).

Quiero creer que alguien como Philippe, incapaz de caer mal a nadie, encontrará amigos que le ayudarán en su nueva etapa. Quiero creer que podrá seguir estudiando para ser el ingeniero que le gustaría ser. Quiero creer que la fe en Dios que ha descubierto en el hogar infantil será el agua fresca que necesite en los momentos más duros. Quiero creer que el apoyo económico y de consejería que se le seguirá dando desde el hogar infantil serán un impulso para alcanzar sus objetivos. Y que cuando Peter Pan venga y se encuentre con Philippe, ponga en entredicho su plan de hacer de Haití la isla de Nunca Jamás.

Philippe y yo haciendo caras delante de la cámara en 2015 (sí, el niño que nos hizo la foto me cortó la cabeza)